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Ir más allá de la pintura 🎨


El (acertado) nuevo diseño para uno de los murales que fue tapado con pintura y ahora será intervenido por los jóvenes de la comunidad | Foto: Daniel Hernández

¿Solos en el olvido? Lo viste y seguro te ofendiste como nosotros: la Misión Barrio Nuevo Tricolor tapó arbitrariamente los murales de San Blas, en Petare (Gran Caeracas, estado Miranda) Esta iniciativa ciudadana, bajo la dirección de Katiuska Camargo, de Uniendo Voluntades, no solo llenó el barrio de color y arte. También, en palabras de Eduardo Burger, activista del Labo Ciudadano, tendió puentes con personas de toda la ciudad deseosas de contribuir con la comunidad. Pero los murales no se van a quedar como la mujer de la canción del muelle de San Blas, prometen los vecinos y sus amigos.


"Desaparición forzada" de un mural: una de las obras de San Blas que fue borrada por una monótona mano de pintura azul o amarilla. Foto: Compromiso Compartido

Eduardo Burger nos concedió una entrevista, porque sentíamos que era necesario hablar de este tema lo antes posible, pero aclaró: "La voz más auténtica para responder las preguntas es la de Katy Camargo y la de las chamas y chamos de San Blas".


Pregunta: ¿Por qué el muralismo y no otra forma de expresión artística para San Blas?  Más allá del valor estético, ¿cómo benefician los murales al fortalecimiento del tejido social?


En primer lugar, creo que esa es una pregunta para cada artista, para cada activista y cada miembro de la comunidad que ha participado en la creación de un mural en San Blas. Hay otras expresiones artísticas en San Blas y sectores cercanos de altísimo reconocimiento, como el rap y el raptor house. Luego, especulando un tanto en la historia que me ha contado Katy y que en parte he tenido la fortuna de acompañar desde hace muchos años, varias mujeres y jóvenes de Petare empezaron a recoger basura en las calles, por puro deseo de ejercer su derecho a vivir en dignidad.


Por sensibilidad estética, vocación ciudadana y encuentros con varios artistas, acción por acción de cariño a cada lugar, fueron descubriendo el potencial de los murales para, a través de la belleza, contribuir a que los habitantes valoraran el espacio y evitaran por cuenta propia la acumulación de basura. Comenzaba entonces un proceso de transformación en cada participante: valorar la ciudad y ejercer la ciudadanía. Pasaba por recordar el amor propio y el respeto al otro.


Ahora, al trabajo con los muralistas sumaron otro ingrediente: articular activistas, iniciativas sociales y comunidad a través de la realización de cada obra. Entonces cada mural se trocaba en oportunidad de encuentro, de conexión entre personas de toda la ciudad deseosas de contribuir con San Blas en el campo de las artes, la salud, la educación, los derechos humanos, el ambiente, la ciudad, la nutrición y un largo etcétera.


¿Cómo fue el proceso para decidir qué iba a ir en cada mural? ¿Fue algo participativo?


En conexión con la pregunta anterior: si no me equivoco, decía Borges que preguntarle a la poesía para qué sirve es tan absurdo como preguntarle lo mismo a la muerte, a las personas o al sabor del café. Lo mismo a fin de cuentas pasa con un mural. ¿Para qué sirve cada mural? Para ser mural.


Ahora bien, la realización de cada mural, por diverso, por autónomo, por singular a su espacio y su momento, contrae distintas formas de participación. Muchos murales, como los que hizo el artista francés Seb Touissant, implicaron no sólo consultar, sino convivir con los habitantes de distintas partes de San Blas para que dijeran con franqueza y confianza qué colores y qué palabras deseaban plasmar en una pared. Otros fueron pintados por Bam, artista local, en conversa con los dueños de una casa. Los que estaban asociados a instituciones públicas pasaron por permisos a las mismas.


La diversidad de murales en San Blas es crucial, porque implica diversidad de opiniones de la comunidad sobre cada pared, así como diversidad de gobernanzas y formas de participación para cada obra en particular. Los habrá incluso en que medió solo un cruce de palabras entre el dueño de una fachada y un artista. Dicho de otro modo, cada mural es una escuela, una posibilidad de ejercer arte y ciudadanía, deseo, ensueño, incluso formas de diferir, disentir y hasta celebrar conflictos sin recaer en violencias. Y quién puede dudar que la dimensión de la crisis como ciudad, como país, como sociedad a nivel mundial, demanda un millón de escuelas.


Ahora, si nos ponemos a pensar en un millón de murales, recaemos en las trampas del poder hegemónico. Cada metáfora es una pequeña escuela, a veces efímera, muy efímera, y cada escuela es una metáfora de esa incertidumbre en el ejercicio de lo que cada considera el bien. Actuar esa pregunta es vivir de un modo más duradero el anhelo de ciudadanía.



Además de pintar los murales, ¿se hicieron otras actividades complementarias que involucraran a la comunidad?


Uniendo Voluntades realiza incontables actividades movilizadas a partir de y a través de los murales. Se trata mucho más que de acciones complementarias. El mural es una realización, un paso bello, incandescente, de la constante articulación que se logra entre iniciativas autónomas e interdependientes a favor de la comunidad.


Así se resignificó la cancha abandonada para convertirla en un espacio público con dos parques infantiles y una galería al aire libre donde antes había un mero estacionamiento; así se logró organizar jornadas médicas, comités por los derechos de los niños y de la mujer, un salón tecnológico de la mano de Telefónica, un espacio para talleres concurridos por fotógrafos, escritores, músicos, cineastas, ilustradores, un proyecto de núcleo de acción social y pare usted de contar. De nuevo, cada mural articula y manifiesta el desafío entre una diversidad de voluntades en vez de pocos poderes.



Con el borrado de los murales, a su juicio, ¿cuáles han sido las secuelas para los vecinos de San Blas?


Hay un artículo de Sandra Pinardi, del año 2013, Metamorfosis del lugar en soporte, que nos da algunas claves para seguir pensando, porque no hay ni respuestas ni soluciones absolutas a este dilema. En aquel entonces, Pinardi veía en los murales un síntoma clarísimo de la polarización; creo que diez años después manifiestan, luego del éxodo y la precariedad masiva, cierta ansiedad territorial, digo, por la pérdida del espacio compartido.


Durante la pandemia, por ejemplo, florecieron muchos murales. Pero también en Libertador se decretó pintar de gris las paredes de los comercios y en Chacao hubo un blanqueado de muchas manifestaciones singulares, distintas —incluyendo muchos graffitis de “Hambre” y “¿Hay medicinas?”— a la par que Los Palos Grandes vivía un fervor muralista y la autopista era forrada con una sola pieza mural. Lo saben los grafiteros, lo saben los muralistas, su arte desafía nuestras formas de hacer memoria, están expuestos a la intemperie, su belleza está tanto en el modo en que resisten como en la manera en que desaparecen. Nos ayudan a doler y gozar la ciudad.


Eso sí, si se mantienen en el tiempo es porque un grupo de personas han decidido cuidarlos, preservarlos, porque quizá, sea lo que sea que hacen para ellos, aún su trabajo no ha terminado. Raras veces un mural sobrevive sin el cariño de muchas personas que conviven con él. Muchas veces un mural desaparece por alguna orden, incluso, un simple malentendido. La diferencia entre cuidar una pared casi infinita y un pequeño muro en una localidad puede ser, a lo mejor, quizá, aquella entre grandes políticas que dividen y miríadas de micropolíticas que integran. Pero no estoy seguro.


De lo que estoy seguro es que a muchos jóvenes y personas de la comunidad les dolió, más que su desaparición, el modo en que ocurrió, pues tengo entendido que se esperaba a que se hiciera asamblea para decidir sobre ello. Solo veamos de qué podría ser metáfora esto. Pero decirlo levanta suspicacias entre la gente que solo las divide, las separa, las polariza. Había gente a favor de la medida. El problema es el cómo.


¿Hacen falta paredes para herirnos unos a otros? Hablo de gente hermosísima, de las más diversas formas de pensar, que ha enfrentado desafíos descomunales en todos los órdenes de la existencia, gente de todo tipo en San Blas y de toda la ciudad con una experiencia infinita en cómo el muralismo puede integrar, conectar, diversificar, interpelar, elevar a una comunidad e incluso, ayudar a deliberar tensiones y conflictos de manera creativa.


¿Cuáles son las secuelas? Quiero pensar en que, si como sociedad sostenemos esta historia suficiente tiempo, si somos dignos de ella, las secuelas —más allá del dolor y de la polarización— son las de la educación. Si el dilema es tan agudo y opresivo que no podemos resolverlo, sostenerlo juntos con lucidez y actuarlo con sensatez, seguro contribuirá a que nuevas generaciones de artistas den otro paso hacia quién sabe dónde en lo que nunca dejará de ser un desafío estético entre arte y sociedad. Un desafío que, por sus palabras me consta, están ya asumiendo muchos jóvenes de San Blas, así como artistas y activistas vinculados a la comunidad. Pero es un proceso que, como todo proceso, demanda duración. Un lento aprendizaje a través de la más cotidiana acción. O dicho de otro modo, deseo de belleza, de tiempo, de participación.


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